¿Cuáles son las lesiones oculares provocadas por radiaciones ultravioletas?


El Dr. Diego García German nos explica hoy cuáles son las lesiones oculares provocadas por radiaciones ultravioletas y cómo debemos protegernos.

Cuando hablamos de lesiones asociadas a la práctica de deportes de invierno solemos referirnos a lesiones musculo-esqueléticas y, en menor medida, a otro tipos de traumatismos, principalmente traumatismos cráneo-encefálicos y torácicos. Pero algunas de las lesiones más frecuentemente asociadas al esquí son aquellas que ocurren como consecuencia de la exposición a las radiaciones solares.

Es evidente y existe una gran concienciación sobre la relación entre la exposición al sol y múltiples cánceres de piel, pero la incidencia de lesiones oculares por radiaciones ultravioletas (UV) es muy alta, especialmente en ambientes donde la exposición es importante como en la práctica de los deportes de invierno.

La luz visible atraviesa la cornea, el cristalino y llega a la retina, donde los fotoreceptores transforman la luz en estímulos nerviosos que llegan a la corteza visual cerebral donde se integran dando lugar al proceso de la percepción visual.

Los rayos UV no son perceptibles por el ojo humano. Se dividen en función de su longitud de onda como UV-A, UV-B y UV-C. Los rayos UV-C tienen una menor longitud de onda y una mayor energía que los A y B. Cuanto mayor es la energía, mayor capacidad de generar daño en el ojo humano. Los UV-C son absorbidos en la atmósfera, principalmente en la capa de ozono al igual que la mayor parte de los UV-B, pero a medida que aumenta la altitud, disminuye la absorción atmosférica de las radiaciones y la exposición a los rayos UV-B aumenta. Estas condiciones ambientales ocurren durante la práctica de los deportes de invierno y hacen que el riesgo sea elevado.

Es importante saber que un 50% de las radiaciones ultravioletas que recibimos no provienen directamente del sol sino de radiación difusa secundaria al reflejo del sol en la nubes u otros elementos. Esta radiación difusa afecta en mayor medida a los rayos ultravioletas que a la luz visible. Incluso en un día claro y soleado la mayor proporción de radiación UV-B que recibimos en la cara y los ojos es difusa. El reflejo en el suelo depende de la superficie. Así, la hierba solo refleja un 2-5% de la radiación, el agua un 3-13% y la nieve un 94%.

Debido a factores anatómicos y geométricos los ojos se encuentran más afectados por la radiación secundaria al reflejo en el suelo, que la piel. Además la radiación absorbida por el ojo no esta tan condicionada por la posición del sol como la radiación absorbida por la piel de la cara. Así, en verano, la absorción de radiación por el ojo es mayor entre las 08:00 y las 10:00 de la mañana en que al mediodía.

El ojo humano está protegido de la luz por el párpado superior y por la nariz, pero por la parte lateral, la radiación tiene una camino directo de acceso.

La córnea, el cristalino y la retina, son sensibles a las radiaciones ultravioletas y pueden sufrir daños permanentes secundarios a la exposición aguda o continuada.

La mayor parte de las radiaciones con menor longitud de onda y mayor energía son absorbidas den la córnea y no pasan al cristalino. En los niños esta absorción es menor, debido a la ausencia de cromóforos amarillos en el cristalino, y parte de la radiación progresa hasta la retina, pudiendo ser la exposición prolongada en etapas tempranas un factor de riesgo para desarrollar futuros problemas de retina como la degeneración macular. En esquiadores mayores una menor producción de lagrimas pueden aumentar el riesgo de sufrir lesiones oculares secundarias a la exposición solar.

El daño puede producirse por una respuesta inflamatoria o por reacciones de foto-oxidación. Las reacciones agudas son similares a las que ocurren en la piel, se produce una quemadura. Esta quemadura induce una reacción inflamatoria en el ojo que, en función de su intensidad, puede agravar la lesión. La exposición crónica a radiaciones de menor intensidad produce daños mediados por reacciones de foto-oxidación.

La exposición aguda a las radiaciones UV en dosis suficiente pueden dar lugar a la fotoqueratitis. Se produce una inflamación de la córnea. Típicamente cursa con intenso dolor, fotofobia, lagrimeo y sensación de arenillas en los ojos que aparece unas horas tras la exposición. En ocasiones da lugar a la conocida “ceguera de nieve”. Se trata de un proceso autolimitado que se soluciona a las 48-72 horas. También puede aparecer de forma aguda fotoconjuntivitis y quemaduras cutáneas en los párpados. Si la dosis ha sido suficientemente importante pueden aparecer lesiones permanentes.

Mucho más importantes son las lesiones crónicas, resultado de años de exposición. La córnea es la estructura más afectada ya que recibe y absorbe la mayor parte de las radiaciones directas y difusas, la incidencia de problemas corneales como pterigium y pinguécula están asociados con la exposición solar. En el cristalino, la radiación solar continuada predispone a la formación de cataratas, principalmente corticales, en relación con la exposición a los UV-B. La presbicia precoz, los melanomas intraoculares y degeneración macular también se asocian con la exposición crónica al sol.

Es conocido que la incidencia de lesiones oculares en guias de montaña es mucho mayor, con una incidencia de cataratas a los 59 años de edad del 39% frente al 10% en la población general, o de pterigium del 22% frente a 0%.

La protección frente al efecto nocivo de las radiaciones ultravioletas puede englobarse en aquellas medidas de protección ocular y también en el uso de fotoprotección dérmica. La exposición al sol es el factor de riesgo más importante en el desarrollo de cáncer de piel.

La pregunta hoy en día es en que situaciones debe utilizarse protección solar. Muchos expertos refieren que podría ser necesaria de forma continuada, incluso en la vida diaria. De lo que no cabe ninguna duda es de la necesidad de utilizar protección durante las actividades al aire libre, especialmente durante la práctica de los deportes de invierno en los cuales se combina la altitud que condiciona una mayor cantidad de radiación y la presencia de nieve que aumenta la radiación difusa secundaria a la reflexión.

Los profesionales del esquí, ya sean profesores de esquí, entrenadores y corredores, personal encargados de los remontes mecánicos en las estaciones, etc. que pasan muchas horas expuestos cada temporada deben de ser extremadamente cuidadosos con la protección ocular.

Las gafas de sol estándar bloquean el paso de los rayos UV directos pero tiene como limitación el no proteger frente a la radiación indirecta, que puede penetrar por los laterales. También está el problema de la reflexión en la parte posterior de la lente. La radiación que incide desde el lateral con un ángulo de 135º-150 puede reflejarse en la parte posterior de la lente y ser absorbida por el ojo.

No existe un consenso sobre niveles de protección ocular similar al de las cremas factor de protección. La normativa ISO 8980-3 clasifica las lentes de 0 a 4 en función de la transmisión de la luz, siendo las 0 aquellas lentes sin protección y las 4 lentes para luminosidad extrema. Esta clasificación solo hace referencia a la lente pero no a la forma de las gafas, que van a condicionar la exposición a la radiación indirecta y la posibilidad de recibir radiación por reflexión.

Se recomienda la utilización de gafas de policarbonato, más seguras y con protección lateral. En deportes de invierno de velocidad las máscaras serán las más indicadas ya que además de proteger completamente los laterales y las estructuras periorbitarias evitaran la irritación por efecto del viento.

Artículo del Dr. Diego García-Germán, médico perteneciente a la estructura de los servicios médicos de la Real Federación de Deportes de Invierno coordinada y dirigida por la Clínica Nasser.